martes, noviembre 16, 2004

¿Nace la tercera cultura?


El 6 de octubre de 1956 apareció en la revista inglesa New Statesman un artículo de C. P. Snow titulado "The Two Cultures" (Las dos culturas). Tres años más tarde, en el mes de mayo de 1959, Snow dictó la conferencia Rede en Cambridge, Inglaterra, usando para ella el mismo título, con el que fue publicada ese mismo año. Aunque al principio la reacción a las ideas de Snow fue modesta, al cabo de unos cuantos meses se tranformó en una avalancha. El propio Snow comenta: "Al final del primer año empecé a sentirme incómodamente como el aprendiz de brujo." La catarata de notas, artículos, cartas, libros, simposia, conferencias y otras formas más de comentario, con frecuencia aprobatorio pero ocasionalmente crítico y hasta insultante (por fortuna, sólo en forma excepcional) transformó a la frase "las dos culturas" en un cliché cultural en todo el mundo. Se puso de moda hablar del divorcio entre los científicos y los literatos (las "dos culturas" originalmente descritas como inconmensurables por Snow) pero muy pronto se amplió el marco de referencia incluyendo en el campo de los "científicos" a todos aquellos trabajadores con preparación técnica profesional, como ingenieros, químicos, psicológos, agrónomos, y médicos (los "tecnócratas"), mientras entre los "literatos" se enlistaron a todos los artistas, historiadores, filosófos, pedagogos, estetas, sociólogos y bibliotecarios (los "intelectuales"). Ante el asombro de Snow, que vio sus "dos culturas" transformarse en dos monstruos semejantes al innominado y famoso personaje creado por el doctor Frankenstein, la separación que originalmente describió entre ellas se transformó en unos casos en abismo y en otros en trinchera, a través de la cual se peleaba una guerra sucia.



Snow resumió sus ideas cuatro años más tarde, cuando publicó una "segunda mirada" a su conferencia de 1959, con las siguientes palabras: "En nuestra sociedad (o sea, en la sociedad occidental avanzada) hemos perdido hasta la pretensión de poseer una cultura común. Las personas educadas con la mayor intensidad de que somos capaces ya no pueden comunicarse unas con otras en el plano de sus principales intereses intelectuales. Esto es grave para nuestra vida creativa, intelectual y especialmente moral. Nos está llevando a interpretar mal el pasado, a equivocar el presente y a descartar nuestras esperanzas en el futuro. Nos está haciendo difícil o imposible elegir una buena acción". La solución a este impasse es la educación, tanto en escuelas primarias y secundarias como en colegios y universidades.

Una duda surge, sin embargo, cuando se reflexiona detenidamente sobre la situación actual: ¿Es en realidad este debilitamiento de la dicotomía que parece hoy apreciarse un signo del declive de un modo agotado de concebir las relaciones entre las ciencias y las humanidades? ¿O es más bien el resultado de una batalla ya librada y ganada por la ciencia? Ésta última es una posibilidad que no puede todavía descartarse. Lo que hay en la mente de algunos cuando hablan de la superación de las fronteras disciplinares que han separado a la ciencia y a las humanidades no es el convencimiento de que las diferencias en métodos, valores, objetivos e intereses pueden ser menores de lo que se había pensado hasta ahora. Lo que hay es la idea, más o menos confesada, de que las humanidades ya han fracasado en su tarea más de lo razonable y durante más tiempo del permisible; y que ello se ha debido no tanto a la complejidad de sus asuntos como a la incompetencia de los humanistas y a su generalizada manía por la oscuridad y la especulación desencarnada. Creen, por tanto, que ha llegado, el momento de que esa tarea pase a manos de los científicos, quienes no en vano han mostrado que son capaces de llevar a buen puerto las empresas intelectuales más arduas.

No se trata de una caricatura. Esta es la vocación que hay detrás de buena parte de lo que se promociona en los últimos años bajo el epígrafe de "tercera cultura". Pese a lo que tal denominación quiere dar a entender, en ocasiones no se propone una vía intermedia o una síntesis superadora de las dos culturas, sino que simplemente se resucita la vieja aspiración de Snow de promover en todos los ámbitos culturales importantes la autoridad intelectual de los científicos, sin más requisitos que su formación como tales. Una tercera cultura que resultaría, pues, del mero hecho de que los científicos pueden ser también humanistas si así lo quieren, e incluso (eso se proclama al menos) pueden hacerlo mejor de lo que se ha hecho hasta el momento.

Así por ejemplo, John Brockman, el editor de una obra emblemática en este proyecto y de lectura aconsejable por otras razones, comienza dicha obra con una declaración reveladora que se me perdonará que cite con cierta extensión:

La tercera cultura reúne a aquellos científicos y pensadores empíricos que, a través de su obra y de su producción literaria, están ocupando el lugar del intelectual clásico a la hora de poner de manifiesto el sentido más profundo de nuestra vida, replanteándose quiénes y qué somos.

En los últimos años se ha producido en la escena intelectual norteamericana un relevo que ha dejado al intelectual tradicional cada vez más al margen. Una educación estilo años cincuenta, basada en Freud, Marx y el modernismo, no es un bagaje suficiente para un pensador de los noventa. En efecto, los intelectuales norteamericanos tradicionales son, hasta cierto punto, cada vez más reaccionarios, y con harta frecuencia arrogantemente (y tercamente) ignorantes de muchos de los logros intelectuales verdaderamente significativos de nuestro tiempo. Su cultura, que rechaza la ciencia, [...] [s]e caracteriza principalmente por comentarios de comentarios, en una espiral que se agranda hasta que se pierde de vista el mundo real.

[...] Los intelectuales de letras siguen sin comunicarse con los científicos. Son esto últimos quienes están comunicándose directamente con el gran público.

[...] La emergencia de la tercera cultura introduce nuevas formas de discurso intelectual y reafirma la preeminencia de Norteamérica en el terreno de las ideas importantes. [...] Lo que estamos presenciando es el paso de la antorcha de un grupo de intelectuales, los intelectuales de letras tradicionales, a un nuevo grupo, los intelectuales de la tercera cultura que emerge.


(Brockman (ed) 1996, La tercera cultura. Más allá de la revolución científica. Barcelona: Tusquets Editores. pp. 13, 14 y 15).

Y ya en caliente, en la misma introducción del libro, se pone en boca del biólogo Stephen Jay Gould la siguiente apreciación:

"Entre los intelectuales de letras hay algo así como una conspiración para acaparar el panorama intelectual y editorial, cuando de hecho hay un grupo de escritores no novelistas, de formación científica en su mayoría, con multitud de ideas fascinantes sobre lo que la gente desea leer. Y algunos de nosotros escribimos y nos expresamos bastante bien" (Brockman (ed) 1996, p. 17)

Redondea este discreto análisis cultural el físico y divulgador Paul Davies:

"Durante muchos años los científicos fueron ignorados porque no eran escuchados; ahora que comienza a oírseles, se ven pisoteados por una mafia intelectual" (Brockman (ed) 1996, p. 21)



Es evidente que el proyecto de la "tercera cultura", entendido en estos términos, está en las antípodas de un verdadero acercamiento entre las ciencias y las humanidades. No sólo no contribuye a desdibujar fronteras, sino que las da por reales y bien sentadas. Sólo dictamina que el territorio que encierra una de ellas está gobernado por gente inapropiada. Un problema que puede solucionarse sin necesidad siquiera de una anexión; bastaría con establecer un buen gobierno colonial manejado con paternalismo por virreyes prestigiosos. Ante un intento semejante cabe replicar que, si bien es imprescindible tener una formación científica básica para entender muchos aspectos de la sociedad actual, una formación científica (básica o sofisticada) no habilita por sí sola para realizar una crítica sagaz del mundo contemporáneo. Si, además, la hibridación de la que hablamos antes es posible, la ciencia misma no quedará intacta. También ella tendrá que experimentar cambios notables cuando trate abordar esas cuestiones de fondo.

¿Acaba aquí el debate? No. Dice Mario Bunge en su libro Intuición y Razón:

"Quienes alaban las artes por ser imaginativas y desprecian las ciencias por su supuesta ´aridez´ no pueden haber ido más allá de la tabla de logaritmos. Es posible sostener que la investigación científica es mucho más imaginativa que el trabajo artístico…Puede afirmarse que la hipótesis del fotón de Einstein (1905), la hipótesis de Oparin acerca del origen de la vida a partir de un "caldo" primitivo (1923) o la computadora, son creaciones más ingeniosas que el David de Miguel Angel, el Hamlet de Shakespeare o la Pasión según san Mateo de Bach."

Ante tamaño reto hay que buscarle un contenedor. Dice Brahms:

"Es para mí la Chacona de Bach un ejemplo de la más admirable e incomprensible de las piezas musicales. Sobre la base de un sistema para un pequeño instrumento, escribe Bach un mundo íntegro compuesto por los pensamientos más profundos y las más potentes emociones. Si me atreviese a imaginar que pude concebirla en mi propio interior, estoy seguro que la excitación y la impresión me enloquecerían".

O más bien busquemos una opción intermedia. Dice Hofstadter:

"He procurado urdir un Eterno y Grácil Bucle con estas tres hebras: Gödel, Escher, Bach. Mi intención inicial era escribir un ensayo en cuyo centro iba a estar el Teorema de Gödel. Me lo imaginé de las dimensiones de un folleto. Pero mis ideas se expandieron como una esfera y no tardaron en toparse con Bach y con Escher.

Tardé algún tiempo en comprender la necesidad de hacer explícita esta conexión en vez de dejarla funcionar sólo como fuerza motivadora personal. Pero al final me di cuenta de que Gödel, Escher y Bach no eran, para mi, sino sombras proyectadas en distintas direcciones por alguna esencia sólida central. Traté de reconstruir el objeto central y lo que resultó es este libro."


Fragmentos de ¿Hubo siempre dos culturas?, Ciencia y Humanismo y La Tercera Cultura: Del Bing-Bang al Bic-Mac

LA TERCERA CULTURA

Fue el propio C.P. Snow quien en una segunda edición de su conocida obra «Las dos culturas» añadió un ensayo en el que sugería con optimismo que una «tercera cultura» emergería y llenaría el vacío de comunicación entre los intelectuales de letras y los científicos. Lo cuenta John Brockman, editor del libro «La tercera cultura. Más allá de la Revolución Científica». ¿Qué piensa de este fenómeno de la «tercera cultura»? ¿De qué modo cree usted que pueden unificarse la cultura científico-tecnológica y la cultura en general para conformar verdaderamente esa «tercera cultura»?

Respuestas en Debate sobre La Tercera Cultura

0 Comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Enlaces a esta entrada:

Crear un enlace

<< Home

BloGalaxia BloGalaxia