Libros rizomáticos
Andrew Crumey
Este apartado es para esos libros, esas novelas sobre todo, que por su planteamiento o lo que sea, invitan al lector a sumergirse en tareas poco comunes, y a enredar-se en hilos que semejan no ya puzzles, sino la materia misma de la que están hechas las cosas. Sus autores en ocasiones saben algo de esa base sobre la que trabajan, como es el caso de Andrew Crumey, que estudió física teórica y matemáticas, antes de dedicarse a la escritura, y además siguiendo un método de trabajo poco usual: mientras otros escritores se encierran con un solo juguete, él decide escribir dos libros a la vez, uno principal y otro, digamos, secundario, porque de lo contrario, reconoce, se aburre.
Un buen ejemplo de esto que digo torpemente se puede aclarar con la lectura de El principio de D' Alembert (Siruela, 2003), subtitulada Una novela en tres cuadros. El primer cuadro es el principal y nos presenta al protagonista, el científico de siglo XVIII D' Alembert, que nos habla en primera persona de su propia vida. Alternado con su narración encontramos otra, la de los testigos de sus pequeños actos o susurros vitales, los criados que cuidan de él mientras él se dedica a escribir en el cuarto de arriba. Este doble punto de vista, que además se complica por ser dos los criados, un hombre de su tiempo y una mujer con inquietudes, es lo que enseguida da profundidad de campo a lo que en otras manos podría ser una vulgar novela histórica. Y es sólo el comienzo, en donde ya encontramos reflexiones muy extrañas de D. sobre el sueño, sobre el misterio de la vida, sobre paralelismos que establece teniendo en cuenta su ocupación matemática. Lo más singular de todo fue su nacimiento..., ahí empieza a fraguarse una vida, ahí las marcas que nos acompañarán, por mucho que trabajemos en la celda del intelecto, ahí donde se ha refugiado nuestro personaje.
Claro que si se ha leído algo más de Crumey, como Mr Mee, se entenderá un poco mejor este procedimiento, que busca tanto la diversión en la tradición de la literatura lúdica de Calvino o Borges--o Michael Frayn--como el conocimiento de las realidades alteradas que nos rodean.
Un libro lleva a otro, y éste a otro, y dentro de cada libro, hay nuevos libros...
... una biblioteca, como ese momento en que Justine se adentra en la selva de los volúmenes de su señor, puede ser el mejor orden de la existencia, la ventana más peligrosa hacia la vida "real". Pero nosotros, acostumbrados a esa selva de libros de hoy día, seguro que tendremos que sacudirnos el polvo de las novedades para sentir el escalofrío de ella. Apasionante.
En la obra de Crumey, la trinidad que crea La Encyclopedie se nos presenta con naturalidad, sin ningún atisbo de pedantería, tanto es así que nos parecen sujetos de ahora mismo. Aunque D' Alembert sea el centro ahora, también conocemos un poco mejor a Diderot, que es un charlatán, un mandón, alguien que es mejor tener de amigo que de enemigo, y cuyo ambiente familiar es realmente impresentable... Es curioso cómo Crumey está en el siglo XVIII y no quiere abandonarlo, ofreciendo guiños para lectores de la otra obra citada:
"Diderot quería que examinase un artículo que había recibido sobre la teoría de la probabilidad. El artículo era una estupidez, las divagaciones de un aficionado sin instrucción (una persona que más adelante me molestaría en varias ocasiones para que publicara su trabajo)..." (p. 63).
¿No es una alusión a Jean-Bernard Rosier, el de la Encyclopedia paralela en Mr Mee?
Diderot también le advierte al protagonista sobre Rousseau y su paranoia (en la misma página).
Esta obra, este cuadro o panel, es pues otra perspectiva, nos muestra otras caras del inmenso prisma. Ahora, uniéndose a todas las anteriores, aparece la voz de Julie de l' Espinasse, de la que se enamora D' Alembert sin poder explicarse el cómo, el por qué y el para qué. Él, que todo lo quiere reducir a un único principio (como señala el título del apartado y del libro entero), el equivalente al principio armónico de Rameau en música, no puede concebir estos sentimientos, que treinta años después se han esfumado en el mar de hechos que parecen tener, ellos sí, una realidad calculable, creíble. Estamos ante uno de los primeros cínicos modernos, muchos antes de que viniera un Wittgenstein y nos ofreciera callar sobre aquello que no podemos poner en fórmulas lingüísticas.
Julie, como no podía ser de otra manera, nos ofrece su "versión" de los hechos mediante cartas (procedimiento que luego continuará, con otros remitentes). Esto también sirve para introducirnos en ese mundo de los salones parisinos, que tan bien ha retratado una italiana, descendiente de un famoso ensayista, en La era de la conversación (Siruela).
Así pues, encontramos en la obra de Crumey varias voces que nos cuentan las cosas que pasan: nos damos cuenta que la voz principal es la de D' Alembert, que escribe sus memorias, y que lee la criada Justine, ella, tan lectora a escondidas. Es la parte, digamos, más convencional en cuanto a escritura, pues no deja de ser el relato típico de una vida anhelante. Luego está una curiosa, por desconocida, voz en tercera persona, que nos relata lo que hacen Justine y Henri, los asistentes del philosophe, en donde éste es visto más como una sombra de hombre que como una presencia cierta. Pero como esto no es bastante, Crumey decide acudir al género epistolar, como en Les liaisons dangereuses, para contar la parte final de la historia de amor y decepción entre Julie de l' Espinasse y nuestro hombre, mediante cartas de D., de Julie al conde de Mora (su amante español), y de otros corresponsales, que él guarda por el hecho de haber trabajado durante diez años como secretario de la ingrata.
Pero como esto sigue siendo poca cosa para las ambiciones de C., decide dar entrada al enigmático personaje que es el rival de D. en las investigaciones sobre la naturaleza del universo, y que no puede ser otro que ese Rosier que aparece en Mr Mee. Llega a la casa de D. y es atendido por Justine, que le dice que su amo está dormido y debe marchar, o esperar largo rato. Él sólo busca darle un escrito, que es en realidad algo muy diferente a lo que ella está acostumbrada a leer. Pero antes, se desahoga, saca su rabia, por tantos años de largas por parte de D., que no quiso publicarle sus artículos sobre la teoría de la probabilidad y las leyes del azar que gobiernan el universo. Frente al principio que sostiene D., este hombre sabe que no todo es tan sencillo, tan armónico. Se burla de las pretensiones de los enciclopedistas. No soporta que hayan escrito algo como los Cuentos de Rreinnstadt, para él una burda imitación, con esa ciudad enciclopedista dividida en memoria, razón e imaginación... Esto lo podremos leer en la tercera parte o cuadro de la novela que tenemos entre manos. En el segundo cuadro, en cambio, tendremos que vérnoslas con la Cosmografía de Magnus Fergusson, el hijo de un cortesano de un príncipe pretendiente escocés que tuvo que escapar al exilio, en París.
Siento el aire de otros planetas, se podría decir a partir de entonces...
Hasta el momento, esta novela de Crumey me resulta más seria que la anterior, Mr Mee. La verdad es que en el primer cuadro lo que consigue es mostrarnos a unos enciclopedistas--sobre todo en el caso de Diderot--humanos, muy humanos..., pero no está esa ironía salvaje, ese humor implacable y esa ingenuidad risible del viejecito protagonista en la otra.
En cambio, en el segundo cuadro, el de la Cosmografía de Magnus Ferguson, es un alarde de inventiva y el mejor homenaje al Borges-posible-novelista (es decir, como he leído en una entrevista con el autor, esta novela es la que podría haber escrito Borges, si no hubiese sido tan presuntuoso); amén de ser una especie de dedicatoria a esas Ciudades Invisibles que nos regaló Calvino, en este caso con una visita a los planetas de nuestro sistema solar. Claro que si seguimos sacando punta a la cosa, también podemos pensar que ese ensayo-introducción a Ferguson escrito por Scobie, un amigo que lo conoció bien, es también una muestra muy lograda de historia dieciochesca de aventuras. Y el prólogo del tratado es un guiño magnífico a las historias de Luciano de Samósata, ese viaje a la luna que hizo las delicias de los soñadores...
Encuentro este cuadro muy laberíntico, enrevesado al máximo, por momentos también orientalizante, en su placer inmediato, en su gusto por rizar el rizo y encadenar historias que están unas dentro de otras..., ad libitum. Lo que sugiere D' Alembert en sus memorias, al comienzo y al final, de que su vida no sea más que un sueño gigantesco, un tratado escrito por otro, y que los hechos de su vida se cumplen como ecuaciones imaginarias..., aquí es llevado a otro plano o nivel, con el problema filosófico de la identidad o la naturaleza del alma, de la conciencia, según investigaba el admirado Hume.
Es muy difícil, en cierto momento, saber quién habla, quién es Ferguson, y en dónde se encuentra. La vida es sueño, y los sueños..., ¿realidad son? "Estoy en un planeta de sueños", y todo esto podría estar, a su vez, en una película de David Lynch. Si en Mercurio se nos lanza la prueba de la multiplicidad agobiante; en Venus se trata del mar de pensamientos que fluyen, en el sentido de que pensar es moverse, sin cesar, flotar sobre la materia que somos. Si ese personaje en el castillo remite a Kafka (un K. divertido, nunca nihilista), el encuentro del narrador con Margaret sería algo así como un cuento galante de iniciación a los placeres irreales. Llega un momento, cuando este hombre atribulado escucha de boca del conde de B. que su libro ya no le pertenece, porque ahora es del lector, en que ya no podemos seguir más, porque nos ha dejado K.O. este ir y venir de las olas de la página. Espléndida materialización de la escritura lúdica, y máxima puesta en juego del texto rizomático, que nunca se acaba: te voy a escribir un cuento lleno de ventajas, nos musita Crumey, divertido, desde el otro lado.
Ese final de la Cosmografía..., es sencillamente perfecto..., con esa carta (de nuevo, el texto que se añade a lo ya conocido, para elaborar o rizar más el asunto) de un "doble" del supuesto autor-viajero onírico, cuya fiabilidad al final es bastante dudosa, es decir, su identidad...
Espero que los Cuentos de Rreinnstadt sean siquiera la mitad de buenos... Hemos de tener en cuenta que otra novela posterior, Pfitz, estará ambientada precisamente en ese reino que da nombre a estos cuentos finales, y que el título es el de uno de los personajes de esta historia. Todo está conectado.
De nuevo viene aquí a deleitarnos la fantasía en su estado puro, no la simple SF de nuestra juventud, sino la ciencia-ficción dentro de un entramado más amplio. Porque lo terrible es que haya etiquetas (vg. la novela erótica, ahora muerta de risa) cuando hay novelas que pueden englobar todos los géneros.
Juan Antonio Ramírez


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